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Equivocarse

Equivocarme es quizás una de las acciones más recurrentes que realicé a lo largo de mi vida. Me consuela el dicho “quien se equivoca es el que hace”, aunque mucho mejor sería no equivocarse y que todas las cosas salgan bien.
Una de mis últimas erratas fue la adopción compulsiva de un can.
Obviamente crecí con el latiguillo de “el mejor amigo del hombre”, viendo a Lassie -en la TV blanco y negro-, leyendo las aventuras de Rin tin tin, sorprendiéndome con el dato de Laika que aún nos orbita todavía como fiel compañera espacial.
Miles de años de simbiosis no pueden estar equivocados. Un mamífero inferior puede ser de gran compañía para una familia tipo del 2000, y seguramente jugará con los niños en el verde prado …
No me percaté que los perros -como el amor y la belleza- están sobrevaluados, no razoné que Lassie, Benji y el conmovedor Hachikō son productos de la ficción, de guiones cuidados para generar emoción y de un cine que nos vende fantasía, como esas mujeres de las propagandas, esas vidas soñadas y llenas de naturaleza de vaqueros fumadores de Marlboro y de esas delicias “mejores que las naturales” de los fabricantes de jugos químicos.
Despertad! es todo una fachada, una plan estratégicamente pensado para que la maquinaria del consumo se ponga en funcionamiento y se vendan las toneladas de alimentos balanceados (¡que porquería!), los shampoos antipulgas y garrapatas, las pipetas y los 101 mil productos para nuestras hermosas, dulces y tiernas mascotas que corren en “la pradera” junto a nuestros niños que visten Mimmo&Co y no se manchan nunca con el paso.
Pero ¿que pasa en la realidad? Girá un poco la cabeza y pensá que todo es fantasía, una construcción, un relato…
El tiro puede salir por la culata, el perro puede ser un ente diabólico que ingresa en tu vida solo con la intención de empeorarla. Esta es una opción, nuevamente reflejada en el cine (Marley y yo), pero con el guión de fórmula que distorsiona la verdad y la muestra siempre con un final feliz.
En mi caso nunca tuve tanta certeza de que me había equivocado nuevamente, que la trampa ya estaba cerrada, esa cosa ya estaba en casa y era incontrolable.

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Lo que nos atormento por varios meses fue una posesión diabólica de algún ser oscuro que vino del inframundo reencarnado en un ser inferior esperando poder pasar en algún momento el portal que lo lleve a una nueva reencarnación que -y espero que no sea pronto- logre elevarlo a un plano superior.
Fueron meses sombríos, extraños, tensos. De luchas con las creencias kármicas evitando manchar el mismo con una decisión impulsiva. Meses donde lo verde se convertía en marrón, las plantas se secaban, las flores se marchitaban y los niños no corrían por la pradera.
Pero los dichos vuelven a consolarme: “no hay mal que dure 100 años”, “siempre que llovió, paró” y varios de finales.
Hoy puedo decir sin duda que “mientras más conozco a los perros, más quiero a mi conejo”.

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